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    Estío

  • Título del capítulo: Parte V
  • Fecha de publicación: 17/03/2016
  • Lecturas: 3629
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  • Notas iniciales:

    Sí, los dejo colgando, sigan leyendo.




  •  

     

    Ya al terminar la jornada, una hora antes del atardecer, se encontaba esperando a Naruto con portafolios bajo el brazo otra vez; sorprendiéndolo, porque normalmente él esperaba a Shikamaru. Le dedicó una sonrisa típica suya, tan radiante, y se fueron juntos saltando por los tejados.

     

    —¿Y eso que me esperabas?

     

    —Es bueno variar de vez en cuando, eso es todo.

     

    —¡Cómo tú digas! Aunque yo pensé que te gustaban las rutinas-dattebayo.

     

    —Cierto, pero si no varío de vez en cuando la vida se torna aburrida. El punto de una rutina es que sea tranquila, no aburrida. No hay nada de malo con variarlo. ¿No tienes rutina?

     

    —No realmente. Tal vez “espacios” dedicados a ciertas cosas, como entrenar y eso, ¡pero nunca sé que voy a hacer en ellos o si me apetecería después de todo! Lo hago como me nace.

     

    —No tienes remedio.

     

    —Y tu tampoco, pelo de piña. —Shikamaru se encogió de hombros.

     

    —¿Vendrás mañana con Neji y Sai a ver ese nuevo restaurante? Al parecer es más para los shinobi, lo abrió otro veterano de la Guerra; un tipo de Ame.

     

    —No, estaré ocupado. ¡Hoy me tuve que dejar mucho papeleo en la mesa! Tengo que estar como un autómata haciendo eso todo el día un papel detrás de otro, si quiero terminar justito para la hora de la salida-dattebayo. Odio la burocracia. Ya sé por qué la vieja se quejaba tanto.

     

    —Me sorprendes que sepas esa palabra, «burocracia».

     

    —¡Óyeme! —Le pegó juguetonamente en el hombro—. Podrías ser más considerado conmigo.

     

    —Y tu podrías dejarle de ponerle mote a la gente, pero ambos sabemos que eso nunca pasará; vive con eso, Naruto.

     

    —¡Eres un plomo!

     

    —Por supuesto. Uno tan pesado, que se queda viendo nubes todo el día porque no se puede mover de lo pesado que está. —Miró el cielo grisáceo oscuro que los envolvía—. Mañana va a llover.

     

    —Mañana va a llover a cántaros; Matsu-chan dice que ella puede sentir cuando va a caer un aguacero. —Shikamaru alzó las cejas—. Lo sé, es difícil de creer, pero todas las veces que me ha dicho ¡ha estado en lo correcto! Llueve como por medio día o algo así. Dice que es que le duele el tabique de la nariz, o algo así, no presté mucha atención.

     

    —¿Y eso?

     

    —No sé, probablemente estaba llorando por toda la montaña de papeles adicionales que me trajo ella o algún chûnin. ¡Es difícil mantenerse al día! Hay días que me pregunto qué rayos estaba pensando cuando era más chico.

     

    —Me alegro que no sea todo el tiempo. Me imagino que apestaría si decepcionan los sueños.

     

    —Claro, pero lo que pasa es que los otros me veo al espejo con ese sombrero tan genial y me digo «¡definitivamente es el mejor trabajo del mundo!».

     

    —La vanidaaaaaaad.

     

    —La perezaaaaaa-dattebayo.

     

    —Podrías por lo menos ser más original con tus insultos; tal vez ese trabajo ha matado algunas neuronas en tu cabeza.

     

    —Quizás, pero aparte de aburrido, pastoso, blandengue y otras cosas no se me ocurre más nada.

     

    —Me ofendes. Ya no soy blandengue.

     

    —Comparado conmigo eres un blandengue.

     

    —Comparado contigo cualquiera es un blandengue.

     

    —¡Por supuesto! Soy Uzumaki Naruto, el mejor Hokage que ha habido hasta ahora.

     

    —Y voy y lo repito, demasiada vanidad.

     

    —¿Cuántos Hokage han terminado consecuentemente la mayor parte del tiempo toda su carga de trabajo?

     

    —… Punto.

     

    —¡Ajá! —Saltó muy alto en celebración—. ¡Te gané en una discusión, te gané en una discusión-dattebayo! Soy genial.

     

    —Sí, sí; lo eres.

     

    Naruto abrió la puerta del apartamento y se dirigió a la cocinilla. Puso a calentar agua para dos tazas de té y su ramen instántaneo, mientras Shikamaru fue a su cuarto a dejar sus portafolios bajo la cama. No se molestó en activar las trampas de su cuarto, porque quien se atreviese a robar un hogar con el Hokage dentro merecería su muerte por selección natural. Volvió. Ya Naruto tenía dos tazas de té y un ramen instántaneo (Shikamaru lo odiaba) sobre la mesa, y estaba recostado, de brazos cruzados contra el respaldar de la silla, enfrente de su querido ramen. Cuando Shikamaru se sentó, Naruto sacó las bolsitas de té y las botó en el basurero bajo el fregador. Abriendo una gaveta para sacar un par de palillos, habló:

     

    —¿De qué eran todos esos portafolios? Normalmente no tienes tanto qué hacer.

     

    —Nada muy importante —Naruto se sentó y comenzó a sorber los tallarines—, unas tonterías que tengo que organizar para los archivos, que debo que tener listo para mañana.

     

    —Vaya, Kurumegane-chan sí que te tiene ocupado.

     

    —Shiho está enferma; todo ese trabajo me lo tuve que asignar yo mismo porque alguien lo tene que hacer. Qué fastidio. Ahora con la primavera, todo el mundo tiene algo así que nos llevamos más trabajo a casa de la cuenta y otras cosas. Es muy problemática esta época del año. Hazme el favor de repetirme por qué me pusiste en ese departamento.

     

    —¡Porque Kurumegane-chan me lo pidió, por supuesto! Además te quejarías más a menudo si te pusiese a hacer misiones-dattebayo.

     

    —Eso es cierto.

     

    —¡Y lo admites! —Le apuntó con los palillos en un gesto de indignación falsa—. Por suerte en la Torre no hay nadie enfermo, pero en el Centro de Misiones sí. Iruka-sensei ahora hace dos turnos, ¿sabes? La Academia y el Centro. Total que él me dice que desde su boda con Ayame-nê-chan y sus tres hijos necesita más —se levantó para botar el envase vacío— dinero en la casa, así que no creo que le importe mucho. Aunque no quiero pensar que pasará si alguien en la Torre se enferma-dattebayo. —Se acomodó de nuevo en la silla.

     

    —Hablando de la Torre, ¿qué hacía Sakura por allá? —Naruto se sonrojó. Mala señal.

     

    —Esto… Bueno… Sakura-chan se… Sakura-chan vino a hablar de unas cosas-’ttebayo…

     

    —Naruto…

     

    —¡No seas tan impaciente! —«Irónico que le diga eso a Shikamaru»—. Eh… bueno, hablamos de unas cosas bastante tranquilamente, y de la nada se empezó a disculpar por su actitud. Yo le dije que no se preocupase, por supuesto-dattebayo, porque la verdad la entiendo un poco, pero ella se puso muy mal y…

     

    —¿Y…? —instó a Naruto a continuar.

     

    —Se… se… ¡Se me confesó-dattebayo! —farfulló rojo como un tomate.

     

    —Tú… —susurró con temor—. Tú la amas.

     

    —Sí… —Miró su té fijamente, sujetándolo con ambas manos.

     

    —Ah. Ya veo. —«Así que esto se acabó».

     

    —¿Pero sabes? —Le asestó una mirada de determinación—. Yo te elegí a ti. —El Nara abrió mucho los ojos—. Yo a ella…

     

    —Naruto, cállate.

     

    Se incorporó y lo besó con violencia con una mano en los cabellos, para mantener la cabeza fija en su lugar. Naruto enseguida correspondió al beso, complaciendo a Shikamaru. Se levantaron bruscamente; Shikamaru presionó a Naruto contra la pared más cercana, mientras el rubio lo sujetaba de las caderas, rozando sus cuerpos.

     

    —¿Dónde tienes el maldito aceite, Shikamaru? —Naruto nunca se llevó a casa su aceite de masajes. Ni qué decir que resultó… conveniente.

     

    —No tengo ni puñetera idea. —El rubio tiró a Shikamaru sobre la mesa.

     

    —Pues, habría que buscarlo —comentó distraídamente, sacándole voces roncas a Shikamaru, a medida que besos y lengüetazos bajaban de su boca hasta todo el borde de la mandíbula del Nara.

     

    —Estoy de acuerdo … —En ese momento agarró al rubio de ambas muñecas y lo tiró al piso, cayendo en cuatro sobre él—. No estoy tan oxidado como creía. Parece que las rutinas que me dio Lee después de su entrenamiento loco sirvieron de algo.

     

    —Me alegra-dattebayo. —El pelinegro contuvo el aliento al sentir una mano subiendo por sus costados.

     

    —Busquemos —le regañó tajante, temeroso de que si no paraban no iban a tener ese aceite nunca.

     

    —Tienes razón…

     

    Ambos se levantaron del piso, Shikamaru un tanto decepcionado porque el momento se estaba yendo; para su suerte, Naruto era de su misma opinión, porque delante de él aparecieron varias réplicas que enseguida se pusieron a buscar. Estaba por debajo del sillón grande y se lo tiró al original, que lo recibió con una sola mano. Enseguida los otros Naruto desaparecieron en nubecitas de humo.

     

    —¿Cómo rayos se metió ahí? —se quejó en lo que hacía unos sellos con las manos—. Juraría que limpié todo el lugar la semana pasada.

     

    Naruto le pasó la botellita a Shikamaru, quien la sostuvo con una de sus manos y sopló un poquito de fuego en ella para calentarla. El jutsu de crear una flamita era muy útil para los de elemento fuego, pues era el más fácil de aprender y tenía muchas aplicaciones en la vida; se enseñaba en la Academia. Shikamaru era de fuego, como la mitad de su clan (la otra mitad era tierra; todas cosas que producían sombras).

     

    —¿Cómo se supone que sepa? —le recriminó Naruto, recostado contra el marco de la puerta, para luego desaparecer dentro de la habitación.

     

    Shikamaru lo siguió sin pensárselo dos veces, apretando la botellita caliente entre sus sus dedos con tanta fuerza que temía romperla. Al llegar a su habitación y trancar la puerta, observó que ya Naruto había corrido las cortinas y se veía como si se hubiese acabado de sentar en la cama, apoyado casualmente sobre sus manos y el torso recostado hacia atrás. Se sentó al lado y empezó a recorrer el fornido pecho de Naruto. Las palabras no eran necesarias.

     

    Era increíble cómo, con el transcurso de tan sólo cuatro sesiones de sexo (cinco en el caso de Naruto, pero Shikamaru no la contaba porque no se acordaba de nada) ambos habían llegado a familiarizarse con las actitudes y el cuerpo del contrario a tal punto que incluso la intimidad había llegado a ser bastante descansada entre los dos (aunque seguían cohibidos al ser los dos hombres, Naruto más que Shikamaru). «Ahora que lo pienso… ¿cómo habrá sido aquella vez?». Ya le había arrebatado la camisa al rubio, y el rubio proseguía a hacer lo mismo con Shikamaru. El Nara no había pensado mucho en aquella vez debido a que la oportunidad no se había presentado, simplemente por eso; ahora que se acordaba, el deseo de saber lo acuciaba. Chasqueó la lengua, lo que hizo que Naruto le dirigiese una mirada extrañada. No quería interrumpir con sus molestos pensamientos eso. Se terminó de quitar el mangalargas y le clavó la mirada en los ojos.

     

    —Naruto, aquella vez…

     

    —¿Cuál vez?

     

    —Después de Ino, ¿cómo fue? ¿Por qué lo hiciste? —Naruto suspiró y tumbó a Shikamaru en la cama.

     

    —Ah. ¡Pero qué ganas de desinflarme las ganas-’ttebayo! —Comenzó a atacar su cuello—. Bueno, si tantas ganas tienes de saber…

     

     

    .

    o°.°o°.°o°.°o°.°o°.°o°.°o°.°o°.°o°.°o°.°o°.°o°.°o°.°o

    .

     

     

    El apartamento de Shikamaru cogía polvo, pues sólo hacía el mínimo de limpieza posible para que el lugar no pareciese una pocilga. Shikamaru había querido vivir por unos años independiente antes de tener que cumplir sus obligaciones como heredero del clan, lo que a Shikaku le parecía de lo más bien mas Yoshino deploraba. Más que blanco, Naruto diría que las paredes eran de un blanco hueso, y que tal vez necesitaban una mano. Era bastante pequeño, posiblemente para no tener que limpiar más, pues estaba seguro que, como vice jefe del escuadrón de Criptografía (la jefa era Shiho), tenía un buen salario. Los muebles cubrían todas las necesidades básicas.

     

    Sentía la repiración rítmica de Shikamaru en su espalda y otro intento de moverse en vano. Le puso en la cama, ya dispuesto a desvestirlo, cuando de repente Shikamaru abrió los ojos desmesuradamente. Los tenía inyectados en sangre («¿cuánto guaro se tomó?») y parecían tener una lucidez sorprendente para alguien que, cuando se intentó erguir, no podía hacerlo sin dificultad. «Debe estar borracho hasta el zapato». Murmuró algo; a Naruto se le avenía un dolor de cabeza incipiente, cada vez con menos balance en los pies, pues el alcohol tardaba un rato en darle la vuelta a su sistema y, encima, él había tomado más casi al final de la fiesta una hora atrás. Se acercó a la cabeza de Shikamaru para escucharle mejor, casi tocándose de narices.

     

    Temari… —«De veras debe estar borracho», pensó.

     

    Vamos, Shikamaru, que tienes que ir a dormir-dattebayo. —Mientras hablaba le intentaba sacar la camisa.

     

    Temari… —Shikamaru se acercó peligrosamente a su cara.

     

    Naruto suspiró y trató de apresurarse con Shikamaru. Sabía que no tardaría mucho tiempo hasta que el comenzase a sentir los efectos de todo el guaro que había consumido y esperaba estar en su casa calentita para ese entonces (su organismo era un poco raro, pero Sakura y Tsunade juraban y perjuraban que tenía todo una explicación médica. Él, por supuesto, no entendió nada).

     

    «Bueno», pensó, mientras se tocaba sus cabellos picudos que le llegaban un poco pasados los hombros al habérselos dejado crecer, «supongo que Temari y yo tenemos un aire-dattebayo, con el pelo de maraña y eso y los ojos y eso». Incluso tenían casi la misma altura, dado que Temari era de las más altas entre todas las kunoichi que él conocía, y él era más bajito que Shikamaru (Naruto había crecido, ya era más alto que Shino, pero ¡Shikamaru era una torre!).

     

    Te extraño… —Shikamaru trastabilló hacia adelante y Naruto retrocedió hasta la pared de la puerta, tanteando para dar con el picaporte.

     

    No tenía ni idea de que Shikamaru era tan miserable de momento, pero, la verdad. él no era muy bueno con esa clase de situaciones y prefería irse. Shikamaru se acercó más, apenas con equilibrio, y Naruto intentó buscar con más ahínco el picaporte, que no se acordaba bien dónde estaba al no ser su casa (era común en las casas shinobi tener pequeñas medidas de seguridad como ésa, picaportes a diferentes alturas —aparte de trampas— para demorar al que intentase robar o meterse en la casa hasta que los ANBU llegasen unos segundos después de la intromisión). Intentó. Estaba paralizado. Dirigió su mirada hacia abajo y vio que sus sombras estaban unidas. Ésta debía ser Kagemahi (1), la técnica de parálisis del clan Nara, que a pesar de ser más simple en teoría que la de imitación, requería mucho más chakra. Empezaba a entrar en pánico. Estaba en una situación muy incómoda en ese momento y no quería otra cosa que salir de ahí.

     

    Y era por eso que a él no le gustaba estar cerca de los shinobi borrachos. Una persona normal, bueno, pasa; pero un shinobi tenía acceso a cosas que podrían resultar en daños si se utilizaban mal, ¡ni qué decir la muerte del shinobi con las técnicas más complicadas, que un sólo sello mal hecho podía causar una explosión o algo semejante! (De hecho, por incidentes, muchos shinobi en la Aldea tenían prohibido tomar cualquier sustancia que impidiese el juicio, con diferentes grados de prohibición. Uno de ellos, Namiashi Raidô, tenía la prohibición total desde que era un genin, junto con Rock Lee). Tal vez pudiese sobrecargar de chakra la técnica, complicándole la vida a Shikamaru, pero no quería que le diese un agotamiento de chakra tan borracho, que seguramente no tendría nadie que le cuidase en la mañana; lo cual podía ser peligroso. O desatar el chakra de Kurama, pero eso le…

     

    Un beso. Su primer beso “serio”. «Caramba, ¡pero es que tengo una mierda de suerte con los besos!». Sin poder moverse, besado por la persona más seria que conocía, que lo estrechaba entre sus brazos alrededor de la cintura; era algo de veras humillante. Apenas se podía parar, casi todo el peso del cuerpo del joven Nara lo soportaba Naruto con el suyo contra la pared. Shikamaru se separó con una mirada extraña en sus ojos desenfocados, mientras le acariciaba la barbilla. El rubio aprovechó la situación para gritarle a Shikamaru hasta quedarse afónico.

     

    ¡SHIKAMARU! ¿¡Pero qué carajo te pasa-dattebayo?! ¿¡Acaso me vescara de nenaza para…!?

     

    Desafortunadamente, el pelinegro aprovechó esa situación para introducirle su lengua hasta casi tocarle la úvula, encajando sus bocas con fuerza. El Hokage intentó morderle la lengua para zafarse, con cierto éxito. «Debería pegar un grito y dejar que los ANBU se encarguen». Miró a Shikamaru, con sus ojos inyectados en sangre y apenas sosteniéndose en sus pies, diferente a cómo se veía en la fiesta. «Pero… no quiero que le den una paliza… o peor-dattebayo». Se sorprendía de la celeridad con que estaba pensando, a pesar de que sentía cómo también todo le empezaba a dar vueltas. «Podría dejar que me acose hasta que me quite los pantalones y se dé cuenta que soy un hombre y despierte de Babia». Shikamaru se veía tan… contento. Naruto suspiró. No podía hacerle eso. Irónico que Shikamaru le hubiese dicho «un día de éstos, Naruto, tu bondad te acabará matando». Matando la masculinidad; sí, señor. Detestaba ver a alguno de sus amigos tan triste. «Bueno, si creer que soy Temari le hace feliz… Me levantaré por la mañana y me iré antes de que despierte». Definitivamente tenía una vena masoquista, tal y como le había hecho la observación Kiba sin tapujos cuando le nombraron Hokage.

     

    Me rindo… —murmulló. Shikamaru descendió por un nuevo beso como si hubiese escuchado claramente.

     

    Sus brazos se sentían más fuertes; se notaba que el castaño estaba perdiendo el control del jutsu. Naruto aprovechó para poner sus dos manos enfrente y, al instante, Shikamaru tuvo una rubia despampanante, que no podía ni caminar en una línea recta, entre sus brazos. Una sonrisa de complacencia se formó en la cara de Shikamaru al agarrar a Naruto de los muslos, haciendo que le tomase de la cintura con las piernas. Fue demasiado para el Nara desequilibrado, que trompicó hacia atrás y se cayó de espaldas en su cama por lo ancho con Naruto desparramado encima, de mal humor, un poco confundido y molesto por la risa que había dentro de su cabeza y que veía todo borroso.

     

    El muchacho le tomó de las caderas y lo acomodó en la cama; a continuación, se agazapó en cima de él y recorrió su cuerpo con sus manos. Se halló con frío de repente; no recordaba cuándo le habían quitado la ropa, pero sí que había forcejeado un poco. Se hallaba relajado, seguro en la compañía de esa persona. Besos torpes comenzaron a caer en su cara y en su clavícula, mientras el mozo («¿Shikamaru?») susurraba palabras ininteligibles de lo mal articuladas que estaban. Era un otoño, un otoño de viento susurrante y hojas que se abatían contra su cuerpo. En alguna parte de su mente estaba consciente de que quizás no debería hacer esto, y que se arrepentiría después; no obstante, le pesaban mucho los miembros, y las manos sobre sus costillas se sentían tan bien.

     

    Fue rápido. Un asunto de “entrar y salir”.

     

    Distraído, por alguna razón registró que el muchacho no tenía pantalones. Unas manos recorrieron su cuerpo, causándole sensaciones más fuertes de las que se había imaginado leyendo ciertas novelas pervertidas. El de pelo picudo murmullaba por lo bajo, casi como tarareando una canción; una canción íntima, una canción sólo entre los dos. Otro beso; una mano sin permiso bajó hacia sus otros labios, causándole estremecimientos de lo fría de sus extremidades y de los movimientos que hacía. Al cabo de un rato él gemía bajito, así que la mano se retiró y algo se introdujo dentro; algo más grande, duro y caliente, que le sacó lágrimas en los ojos. Se movió con tosquedad, y parecía que con prisa también; mientras tanto, él estaba inmóvil y recostado contra la cama, aunque, al cabo de un rato, empezó también a moverse con ese vaivén brusco, casi como por instinto. Con poca delicadeza masajeó sus pechos («¿desde cuándo tengo pechos?») y besó su frente. ¿Brusco? Puede ser. ¿Placentero? Sin duda. El pelinegro exhaló, o tal vez gritó, ¿quién sabe?; y sintió un líquido caliente resbalar en su interior, y cómo se derrumbaba al lado suyo y comenzaba a juguetear con sus largos cabellos, desparramándolos por toda la cama. Le devolvió el favor al arrojar el colocho del pelinegro, haciendo que el cabello se diseminase por las sábanas.

     

    No supo decir cuándo se durmió.

     

     


  • Notas Finales:

    [8] Kagemahi no jutsu (影麻痺の術) lit. técnica de parálisis de sombras, uno de los jutsu secretos del clan Nara. ¡Acabo de inventar un jutsu! (si se preguntan por qué tienen una técnica de parálisis y no la han usado de antes, es porque, según yo, toma más chakra porque se debe restringir los músculos deseados así que se necesita chakra, control y una buena base de anatomía n.n).




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