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    Estío

  • Título del capítulo: Parte III
  • Fecha de publicación: 17/03/2016
  • Lecturas: 3241
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  • Notas iniciales:

    ¿Sabes, Shikamaru? Mejor que pasó así, no puedes tener a dos rubios en tu vida.




  •  

     

    Dado que Naruto dijo que lo pensaría, quizás no debió estar sorprendido cuando el rubio estuvo parado frente a su puerta, mientras él lo escrutaba con la boca ligeramente abierta de la impresión y mirada obnubilada, sosteniendo la puerta abierta. Era como si le hubiesen inyectado adrenalina, estaba más consciente de todo; del picaporte redondo color estaño, y de la puerta con rasguños claros, los cuales dañaban el acabado del barniz, que eran producto de senbon de cuando a Genma (quien vivía en el mismo edificio) le daba por convertir a todo en un blanco para no perder la práctica. Habían transcurrido ya más de dos semanas, por lo que el joven Nara simplemente asumió que el Hokage no estaba interesado; sumiéndose en sus recuerdos otra vez, preocupando a Ino.

     

    En el pasillo agrietado y sucio dónde se unía con el balcón del pasillo, removiéndose se encontraba el rubio, incómodo con el silencio. Llevaba una camiseta naranja y unos pescadores negros sencillos, con la réplica del collar del primero refulgente por el sol de mediodía y las típicas sandalias shinobi negras que nadie parecía poder quitarle ni para ocasiones formales, muy a pesar de su secretaria, una genin llamada Matsuri de acento extraño. Shikamaru, en cambio, parecía como si tuviese encima la misma ropa del día anterior porque parecía mascada de vaca. Eran unos pantalones talares negros y un manga largas de tela muy delgada, verdoso, que le quedaba algo flojo porque había adelgazado un poco, y un par de chancletas grises que en algún momento debieron ser blancas. Sin decir una palabra, recobrando el sentido, se hizo a un lado para dejar a Naruto pasar, cerrando la puerta con pestillo detrás de él.

     

    —¿Y bien? Estoy aquí. —El rubio se desplomó con un puchero y de brazos cruzados en una silla de la mesa.

    Quizás el aire pesaba demasiado, porque les costaba respirar. A Shikamaru le sudaban las manos y Naruto jugaba con sus pies com si fuese genin otra vez en alguna situación extraña y nueva para él. «No es muy lejos de la realidad», reflexionó.

     

    —Ahora hablamos.

     

    —¿Hablar? ¿Eso es todo?

     

    —Pues sí, ¿qué más esperabas? —preguntó con una ceja alzada ya tendido en el sillón cuán largo era.

     

    —No sé… ¡Algo-dattebayo!

     

    —Qué fastidio eres, Naruto. ¿Por qué no te haces un té y me platicas de tu día?

     

    —¡Vaya anfitrión que eres!

     

    —Sí, bueno, es difícil motivarse cuando ya el huésped tiene dos pares de manos y piernas perfectamente capaces de servirse por sí mismo. Además es muy problemático levantarme de aquí para ir a servirte, y total que estás más cerca de la cocinilla tú que yo.

     

    —¡Debería usar mi autoridad y mandarte hacerlo! —farfulló mientras se levantaba para ir a la cocina.

     

    —Pero no lo harás. Y estoy muy cómodo aquí. —Naruto encendió el hervidor eléctrico y sacó una bolsa de té para echarla en la primera taza que encontró.

     

    Fue un alivio para ambos que pudiesen iniciar una conversación después del ambiente tan sofocante de enantes. Naruto, como siempre, saltó a la oportunidad con sus comentarios impertinentes y Shikamaru simplemente se limitó a responder con la mayor indiferencia exasperante de la que era capaz.

     

    —No me explico todavía cómo alguien como tú puede ser tan perezoso-dattebayo. Hay veces que juro que me pregunto si esa pereza tuya —el hervidor pitó y comenzó a servir el agua hirviente en la taza— es contagiosa o algo así, ¡no querría que me dé!

     

    —Nah, estoy bastante seguro de que es un trastorno genético. Sólo he visto a mi familia padeciendo de eso.

     

    —Ahora que lo dices, nunca he visto una mujer —se recostó contra el anaquel de la cocina, sorbiendo un poco del té— Nara perezosa-’ttebayo.

     

    —Nah, es que se vuelven más problemáticas de lo usual.

     

    —No hallo.

     

    —¿Acaso conoces a mi madre? Es un lío de mujer.

     

    —¿Yoshino-san? Sí, me parece de lo más enérgica, ¡jugamos a las cartas una vez! —«De veras que Naruto es único…»—. Por supuesto que gané, ¡pero es muy habilidosa! ¡Me costó mucho ganar! No me importaría jugar a las cartas otra vez con tu madre. Aunque apostó mucho dinero…

     

    —Espera un momento… ¿cuánto dinero perdió?

     

    La cantidad de dinero que le dijo lo dejó boquiabierto (otra vez). No sabía que su madre arriesgase tantas cosas en el juego, ¡ella siempre monitoreaba tan estrictamente las actividades de su padre! «Mi madre es tan problemática…».

     

    —Pero la verdad es que parece que tu madre ha ahorrado mucho dinero-dattebayo, porque ni una vez se le vacío la cartera. —Shikamaru estaba sañudo.

     

    —¿Cuando fue esto?

     

    Shikamaru permitiose relajar. Era casi como antes. Casi. Quizás las cosas eran insalvables entre los dos, pues Naruto tenía memorias que él no tenía, memorias de algo tan íntimo que debió haber sido especial y único y que ahora eran algo incómodo por su culpa. Y lo peor era que el rubio no quería ni intentar remediar el asunto entre los dos. Para ser alguien que iba con el corazón en sus manos, mostrándoselo a todo el mundo, definitivamente se podía guardar las cosas cuando quería.

     

    —Harán un par de meses nada más, cuando una tropa de kunoichi se reunieron, y no me preguntes cómo pero quedé envuelto en ese lío-dattebayo. —Se encogió de hombros.

     

    —¿Quiénes más estaban?

     

    —Yoshino-san, Tsunade-obâ-chan, Tsubaki-san, Uzuki-chan, y otras tres o cuatro que no me acuerdo. Quizás Shizune-nê-chan. ¿Qué haces, Shikamaru? —preguntó al ver que se levantaba y caminaba donde él.

     

    —¿Y eso es todo?

     

    —Al parecer Inu-sama iba a venir —era bien sabido que Naruto le tenía mucho respeto a Inuzuka Tsume por su lealtad— pero creo que son rumores, ella prefiere moler a golpes a la mitad de la huma… Shi… Shi… ¡Shikamaru…! ¿¡Qué haces!? —El pelinegro estaba en frente de él y lo arrinconaba contra la cocina poco a poco.

     

    —No me prestes atención, sigue hablando.

     

    —¡Esto es vergonzoso! ¡Estás muy raro hoy!

     

    —Qué fastidio contigo.

     

    —¡Siempre dices eso-dattebayo!

     

    —Pues porque siempre me das razón para decirlo. Siempre tan ruidoso. —Le arrebató el té del que Naruto apenas había tomado y empezó a beber muy campantemente.

     

    —¡Ey! ¡Devuélveme eso-dattebayo! —Intentó agarrar el té mientras Shikamaru lo mantenía a raya con una sola mano.

     

    —Hazte el tuyo.

     

    —¡Ése es mío!

     

    —Lo estabas dejando enfriar, eso es un desperdicio; mejor me lo bebo yo.

     

    —Idiota.

     

    —Mira quién habla.

     

    —¡Ey! —El joven Hokage hizo un mohín de malhumor.

     

    —…

     

    —¿Qué pasa?

     

    —¿Es esto tan malo? —dijo mirando de reojo a Naruto y tomándose el té de un tirón.

     

    Naruto se encogió. Meditabundo, con la vista fija en el piso, se encogió de hombros otra vez. Era extraño verlo tan callado.

     

    —¿Shikamaru?

     

    —Diga.

     

    —Gracias. —Lo abrazó y salió de ahí caminando.

     

    Shikamaru suspiró. Nunca iba a llegar a entender a Naruto. Puso la taza en el fregador y activó las trampas de su casa. Iba a descifrar unos mensajes confidenciales que debía entregar a Shiho al día siguiente, y no quería ningún intruso entrometiéndose en asuntos de la Aldea que no le importaban (para una persona normal eran medidas un poco paranoicas para un tiempo de paz, para un shinobi era un estilo de vida).

     

    Ese «gracias» evidentemente había significado algo para el ojiazul porque, durante las próximas semanas, se vieron más a menudo. El mismo aire sofocante se asentaba entre los dos, pero de cierta forma se hacía más llevadero; cuando se rozaban por accidente Naruto no sufría los sobresaltos de antes (para el Nara era demasiado problemático) y cuando caminaban podían hablar más o menos normalmente, aunque lo cierto era que se hacía muy difícil encontrar alguna situación que amedrentase al rubio lo suficiente como para que dejase de hablar.

     

    Quizás eso fue lo que llevó a dos muchachos en sus veinte años a llevar esa experimentación un poco más lejos una noche clara con luna creciente. Naruto había encontrado una revista erótica mal puesta (en casa de Shikamaru, «el mundo ya no tiene sentido…», pensó Naruto) quizás con la prisa de ocultarla de los ojos de alguna visita (Shiho) después de haberla puesta a buen uso. Como no tenía nada mejor qué hacer, se puso a ojear la revista con bastante calma, distraído, hasta que Shikamaru volvió con ramen de Ichiraku (Shikamaru estaba muy molesto, y se preguntó cómo se pudo dejar convencer de apostar contra Naruto). Un sonido lo alertó a la presencia del Nara, quien estaba pálido. Casi se cae de la impresión al ver a Naruto con su revista gravure (1).

     

    —Vaya, Shikamaru, no sabía que también satisfaces tus necesidades como todo el resto de los mortales-dattebayo. —Shikamaru hizo una mueca entre el enojo y la consternación, e hizo su mejor trabajo por ignorar al rubio—. Ni que eras un pervertido, ¡qué horror!

     

    —Ni que tú no tienes.

     

    —No, ¡yo no las necesito! —Ojeó la revista de nuevo—. Aunque no me extraña que estés tan gruñón, ¡debes estar muy frustrado! Estas muchachas —golpeteó la revista con el dorso de la mano— no deben ser más de un siete.

     

    —Naruto, cállate. Además, ¿quién te ha hecho la autoridad en mujeres? Es imposible tener un diez.

     

    —Ah, ahí es dónde te quivocas. ¡Te mostraré un diez-dattebayo! ¡Oiroke no jutsu!

     

    En el lugar dónde estaba Naruto sentado apareció una rubia con grandes ojos rasgados que parecían destellar aún más, voluptuosa, cabello suelto y largo escurriéndose por su bello y esculpido cuerpo como un río y de cierta delantera adecuada. Todo ello coronado con una sonrisa afectada de medio lado, con los brazos cruzados. Un diez perfecto, la fantasía de cada hombre. Shikamaru nunca había visto la transformación en cuestión tan de cerca porque él era muy inteligente como para estar cerca de Naruto cuando desataba su infame e invencible jutsu (a menos que se fuese un gran pervertido y una sola chica no fuese suficiente, o si se es un perfecto caballero o simplemente no de ese lado). Un río de sangre no pudo evitar correr por su cara normalmente indiferente. Se llevó la mano a la nariz para evitar que se manchase su ropa pero, no paraba.

     

    Al ver el reguero de sangre que escurría de la nariz de Shikamaru, el normalmente desvergonzado de Naruto no pudo evitar cubrirse los pechos abochornado. y deshizo el jutsu por el camino porque recordó ciertos sucesos que habían acontecido en el pasado, aunque miraba desafiantemente a Shikamaru por alguna razón. Shikamaru agarró un papel toalla, se secó e intentó restarle importancia al asunto, disponiendo los envases de ramen en la mesa junto con los palillos desechables que Teuchi-san había sido tan amable de incluir, a pesar de que comerían en casa, y un par de vasos con agua de plástico grueso azul para los dos.

     

    —Ven, que el ramen se enfría.

     

    Con mucha parsimonia, Naruto se levantó de su lugar en el sillón y se sentó a comer muy lentamente. Era otro de esos momentos incómodos que volvían de cuando en cuando entre ellos dos. Shikamaru fue el que terminó primero. Aunque debía admitir que era una gran mejora que, a pesar de que Naruto y él tenían malentendidos, al menos no peleaban.

     

    —Shiho…

     

    —¿Qué pasó? —Admiró que Naruto comenzó la conversación.

     

    —Ella gusta de ti, ¿cierto?

     

    —No, ella tiene novio. Pero es muy problemática.

     

    —¡Todas las mujeres son problemáticas para ti-dattebayo!

     

    —Sí, pero todas lo son en su manera especial e irritante. —Naruto alzó las cejas—. Por ejemplo, Shiho aún se cuelga de mi brazo cuando puede.

     

    —¿En serio? ¿Y el novio no es celoso? Sorprendente.

     

    —Ella dice que es por la costumbre. Dice que es una mujer de rutinas.

     

    —¡Eso es malo!

     

    —Quizás —bostezó—, pero ella es civil y así viven. Pero para ser tan tímida no es para nada discreta.

     

    —¿Um…?

     

    Discreta. —Naruto se sonrojó al entender las implicaciones—. Qué pudoroso eres, Naruto.

     

    —Yo… ¡Yo no soy ni un pudoroso! Lo que pasa es que tengo la decencia de no asolear esas cosas en público-dattebayo.

     

    —Yo no le llamaría a eso asolear. Es una conversación adulta y responsable.

     

    —Sí, claro. Cómo no. ¡Esta Aldea está llena de depravados! ¿Tienes idea de cuántas quejas tengo de posibles espías en los baños termales? ¡Docenas! ¡Docenas y decenas al mes-’ttebayo! Uno pensaría que ahora que el legendario Ero-Sennin descansa en paz esos incidentes dejarían de pasar pero no, no y ¡no! Parece que hay discípulos dispuestos a seguir sus pasos a toda costa y cada vez que tengo que leer uno de esos informes me entra un dolor de cabeza de lo más horrible-dattebayo.

     

    —¿No has atrapado a nadie?

     

    —A Udon, mira tú. Estoy segurísimo de que Konohamaru también andaba en el ajo, pero nunca soltó nada. Además, me da inquina Kakashi-sensei; no me extrañaría que lo hiciese sólo para molestar.

     

    —Me alegro de que Criptografía no sea tan fastidioso como ser Hokage.

     

    —¡Ser Hokage sería mucho menos fastidioso si hubiesen menos pervertidos-dattebayo! Es como si todo el mundo sólo tuviese una sola cosa en mente, es una molestia.

     

    —¿Y tú?

     

    —¿Yo qué?

     

    —¿Acaso no has pensado sobre “esa cosa”?

     

    —Pe… ¡pero qué cosas dices, Shikamaru! —bisbiseó atropelladamente Naruto—. ¡Eso es…!

     

    —O sea que no has pensado en eso. Ni una sola vez. —Afiló los ojos—. Es algo difícil creerme eso.

     

    —No es que no haya pensado sobre eso… digo, no soy un mojigato pero… —Calló.

     

    —¿Ni siquiera respecto a nuestra “situación”? Eres un ser muy extraño.

     

    —¡Eres una horrible persona! ¿Qué me crees simplón?

     

    —Me has malint…

     

    —¡No soy ningún simplón! —Lo agarró del cuello del manga corta que llevaba y lo besó, con mucha fuerza como tratándole de transmitir su rabia—. Que eso te enseñe-dattebayo. —Le miró, como retándole, y Shikamaru sintió como una sonrisa se le subía a los labios.

     

    —No, no aprendí nada Hokage-sama. ¿Quizás con una demostración práctica? —«Quizás no debería hallar esto tan divertido…», contempló al ver cómo causó que Naruto casi se ahogase.

     

    —¡Bien, pues! ¡Si eso quieres, voy al baño!

     

    Se fue a pasos agigantados; la puerta del baño se estrelló de un portazo tras de sí. Shikamaru se sonrojó al darse cuenta de lo que implicaban las palabras de Naruto. Sin embargo no se amilanó, se dirigió al cuarto y se desvistió; se sentó cruzado de piernas frente a la ventana, de forma tal que sólo se proyectaba su perfil a la puerta del cuarto. «¿Cómo quedamos en esta situación…? Todo se me hace tan extraño», divagó la mente de Shikamaru entre esos y otros pensamientos similares a pesar de saber perfectamente bien la respuesta.

     

    Oyó unos pasos vacilantes y volteó a ver al Uzumaki, completamente desnudo, con un rubor que parecía extenderse por todo su cuerpo (como se emeraba en no dejar que su mirada se apartase de la cara del rubio, un pensamiento impertinente lo asaltó: «¿hasta dónde llega su sonrojo?», lo cual le hizo avergonzarse). El rubio pasó del umbral de la puerta de su cuarto con un solo pie, mas parecía que su cuerpo se hubiese congelado y no quisiese avanzar más. A pesar de que sufría unos nervios iguales o aun mayores a Naruto, le pareció entretenida la vacilación del rubio. En vez de corvarse sobre sí viró un poco su cuerpo, hasta quedar más o menos de frente a Naruto, y se apoyó en sus manos.

     

    —¿Qué pasa? ¿Tienes miedo?

     

    —¡Yo jamás tengo miedo-dattebayo! —Terminó por aparecer tumbado boquiarriba al lado suyo de la velocidad con que se movió—. ¡No me insultes!

     

    Shikamaru lo miró de soslayo y suspiró. Se volteó para que Naruto le viese la cara, poniendo una mano en su hombro. Naruto se tensó pero no hizo nada. Shikamaru se inclinó, le besó los labios y se separó enseguida. No había signo de protesta, así que, recorriendo los labios de Naruto con su lengua, un tanto gruesos en comparación con los suyos, le instó a abrir la boca para profundizar el beso. En la mente del joven Nara estaba cierta rubia, por lo menos hasta que sintió una mano grande y masculina posarse en la parte baja de su espalda. «Bueno, esto es… progreso, supongo». Se separó de la boca del rubio, quien contuvo una bocanada de aire al terminar el beso.

     

    El ojiazul tenía la piel erizada y, cuando Shikamaru descendió su mano para descansarla por encima de sus costillas, sintió una gran sacudida que causó que el rubor de su cuerpo se intensificase más, si es que eso era posible. Una capa de sudor perlado lo cubría, dándole a su piel morena un aspecto metálico de lo refulgente que las gotas de agua se veían debido a la luz del foco de la habitación. Shikamaru se sumergió en la piel del rubio, enterrando su cabeza en su cuello y lamiendo y sorbiendo un punto en particular; esto hizo que Naruto, por su falta de experiencia, cerrase los ojos muy fuertemente y frunciese las sábanas entre sus puños.

     

    Como Naruto todavía no se había ido, Shikamaru probó a descender su mano hasta sus abdominales marcados. Naruto suspiró. Shikamaru siempre tenía las manos frías y debía admitir que, contra todo pronóstico, se sentía agradable. Envalentonado, se incorporó un poco sobre un antebrazo, y bajó su mano por el surco de la columna vertebral de Shikamaru, lo que le sacó una voz queda al pelinegro. Presionando su mano sobre la espalda del otro, lo obligó a descender por un casto beso.

     

    Naruto era tan cálido. Tanto su cuerpo como su personalidad emanaban una candidez, que no podía sino sacar una sonrisa a la cara incluso del más estoico. Un verano alegre, con brisas refrescantes que no dejan que uno se abrase en el gran calor del sol, y preciosos días que parecen sin fin. Incluso su cabello dorado y brillante, y ojos cerúleos, recordaban al astro rey surcando un cielo sin nubes.

     

    Se acomodó mejor al lado de Naruto, y la mano encima de los abdominales del rubio empezó a moverse en círculos, mientras que la otra descendía desde su clavícula hasta posarse en su cintura, en lo que calosfríos le recorrían todo el cuerpo. La mano que se encontraba en los abdominales de Naruto se paró en la punta de los dedos y bajó para acariciar el borde del ombligo, hasta posarse muy lentamente, muy tortuosamente al otro lado de la cintura. Naruto no lo aparentaba, porque tenía los hombros tan anchos producto de sus regímenes extremos de entrenamiento (necesarios para derrotar a personas como el difunto Pein) pero en verdad tenía la cintura estrecha. Todo esto sin decir una palabra porque quizás, si se hablaban y dejaban de concentrarse en el momento, les entraría la duda y se alargaría la distancia que se acortaba tan rápidamente entre los dos. Naruto le robó otro beso. Las manos de Shikamaru comenzaron a descender, sobando con suavidad los lados de aquel cuerpo candente, hasta las caderas del ojiazul.

     

    Eso le resultó sumamente incómodo; cuanto más íntimas eran las caricias más le molestaban, eso sin contar que era demasiado cerca de… Otro beso, una mano sin permiso bajó hacia sus otros labios, causándole estremecimientos… Demasiado cerca de su intimidad. Abrió los ojos, de repente empujó a Shikamaru con tanta fuerza que cayó al piso sobre su trasero, y se pegó contra la pared más cercana respirando agitadamente.

     

    —Lo siento… Yo… no puedo-dattebayo.

     

    Sin más ceremonia salió del cuarto, se vistió a la velocidad de la luz con la puerta abierta del baño, y salió rápidamente del apartamento del joven Nara. «Debe ser agradable tener las ideas claras…», musitó Shikamaru al aire, su única compañía de momento. Porque él no tenía claro si estaba listo o no; sin contar cómo las consecuencias de intentar llegar demasiado lejos repercutirían en su relación.

    Ese problema lo acuciaba, tanto que no durmió toda la noche; por lo que fue muy agradable que el rubio lo impresionase con no evitarlo durante el día siguiente, a pesar de que actuase como si nada hubiese pasado entre ellos dos. También fue bastante agradable que le robase un beso tan rápido que nadie los vio, en un callejón cuando los dos estaban algo por detrás de Shino y Kiba en un grupo para irse de copas, a pesar de mirar a las mujeres apreciativamente en el camino. De algún modo, le dio la impresión de que ese beso le molestó menos de lo que debería.

     

     

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    Lo que sea que había entre Naruto y él iba progresando un poco físicamente. Shikamaru había aprendido por las malas que no podía apresurar al rubio o sino se cohibía, tal vez producto de su infancia sin mucho calor humano; aunque el rubio no parecía tener muchos problemas cuando su tacto era en un contexto amistoso. «Qué bueno que es así», reflexionó Shikamaru, «porque sería problemático si Naruto fuese como una de esas tipas enamoradas; se darían cuenta de que pasa algo».

     

    Sin embargo, como las cosas no podían permanecer calmas y descomplicadas como a Shikamaru le gustaban, una tarde con algunas nubes caprichosas en el cielo celeste y sin nada de brisa que moviese las copas de los árboles, se encontró con Temari en lo que vagaba de vuelta de un almuerzo al que lo arrastró Chôji, en su lugar favorito de yakiniku, por las calles de tierra amarilla y roja apisonadas de la Aldea.

     

    Shikamaru la miró con interés. Se encontraba muy guapa con chaleco negro pegado, lleno de bolsillos, su camisa morada y sus pantalones cortos gris oscuro, hasta la mitad del muslo y unas sandalias blancas (negras hubiesen resultado demasiado calientes en Suna). Como siempre, tenía su gran abanico en la espalda, con la cinta roja cruzándole el chaleco. El corazón se le estrujó al verla y, a juzgar por la mirada intensa intensa de esos ojos azul cobalto, él no era el único que se sentía así.

     

    —Temari.

     

    —Shikamaru.

     

    —¿Qué te trae por la Aldea? No esperaba verte… —Ninguno de los dos voceó sus pensamientos, pero sabían que esa frase terminaba con un «después de esa discusión…».

     

    —Acabo de cumplir con una misón clase C con mis genin.

     

    —¿De?

     

    —De justamente la respuesta al mensaje que llevaste la otra vez.

     

    Shikamaru esbozó una sonrisa agria. Por lo visto, Gaara tenía ciertas nociones del simbolismo. Su mente estaba indecisa, ya sabía la dirección que tomaría la conversación, pero no sabía qué decisión tomar al respecto. «Temari… Los sentimientos son problemáticos». No sentía nada por Naruto, mas tenían una comodidad el uno con el otro que jamás logró con la persona que sostenía su corazón en la mano, y que se encontraba precisamente enfrente de él.

     

    —Ya veo. —Se metió las manos a los bolsillos.

     

    —¿Sabes de que iba el mensaje? Porque cuando Naruto-kun lo leyó se puso a llorar y nada de lo que me dijo tenía sentido. —«Entonces la respuesta debio haber sido un no». Eso le llevó una sonrisa auténtica a sus labios.

     

    —Preguntaba si había ramen en la Arena.

     

    —¡Ah! —exclamó, y se carcajeó echando la cabeza hacia atrás mostrando su precioso cuello sonrosado—. Ay, ¿qué acaso no piensa cambiar? —Se limpió una lagrimilla del rabillo del ojo.

     

    —Sino no sería Naruto.

     

    —Muy cierto, ¡creo que por eso se llevan tan bien Gaara y él!

     

    —¿Te refieres a lo tonto? Porque Gaara necesita un bufón.

     

    —Anda, no seas tan malo. Si es capaz de manejar una Aldea es porque debe tener más de dos dedos de frente.

     

    —Sí, pero no está de más recordárselo.

     

    —Mucha razón que tienes, ahora que cumplió sus sueños hay que bajarle los humos más a menudo. —Rió—. ¡Si vieses la cara de mis genin cuando el “gran y poderoso Hokage de la Aldea de la Hoja” rompió a llorar te hubieses muerto de la risa!

     

    —No, demasiado problemático. Por cierto, ¿y los susodichos?

     

    —¿Mis genin? Iruka se ofreció a darles un paseo. —«Qué conveniente», suspiró Shikamaru—. Justamente venía subiendo la escalera con más papeleo para el trabajador de Naruto. Aunque no entiendo cómo le hace, porque Gaara siempre tiene unas montañas en su escritorio que dan miedo… Es sorprendente que el escritorio de Naruto siempre esté medio vacío, ¿acaso usa Kagebunshin?

     

    —No, él dejó de usar eso a las pocas semanas de ser investido, aunque no sé por qué. Temari, tengo que ir al trabajo.

     

    —Te acompaño; Criptografía, ¿verdad? —Shikamaru asintió—. La verdad es que tengo todo el día porque les dije a mis genin que, en vez de yo recogerlos, fuesen al hotelucho donde estamos pasando la noche. Nos regresamos mañana a primera hora, si es que no hay mensaje de vuelta.

     

    —Por cierto, ¿por qué tardó tanto la contestación? Gaara normalmente no se demora contestando su correspondencia con Naruto.

     

    —No sé si te acuerdas, pero ese día fue uno muy malo con el papeleo; habían montañas y montañas, así que Gaara simplemente lo echó bajo llave en una de las gavetas de su escritorio y no es hasta ahora que se acordó de que existía. ¿Cómo te va con el trabajo?

     

    —No me gusta lo mucho que me ponen a trabajar, la verdad sea dicha, pero, al menos, no tengo que andar corriendo de un lado a otro o cuidando de unos mocosos; supongo que, con todo, es el trabajo menos fastidioso que podría haber conseguido, por lo que digamos que bien. No hay mucha gente molesta porque todo el mundo está enfocado, y tengo todos los fines de semana libres para mirar las nubes, a menos que haya una emergencia. Pero, normalmente, la jefa puede resolver cualquier cosa que surja.

     

    —Debe ser muy lista esa jefa tuya.

     

    —Y muy molesta.

     

    —¿Tan molesta como yo?

     

    —No, tú lo eres más. —Temari devolvió la sonrisa ligera que le dirigó Shikamaru.

     

    —Entonces, ¿por qué me aguantas si soy tan problemática? —Antes de que el pelinegro pudiese decir algo, la domadora de vientos se adelantó—. ¿Es acaso por “amor”? Por la expresión de Shikamaru, Temari sabía que rechinaba los dientes—. Shikamaru, mira yo… he sido muy tonta. No quería herir tus sentimientos de esa manera, ¡yo quería hablar contigo! Pero no sé qué me pasaba por la cabeza en esos momentos, y aún no estoy muy segura de qué me pasa ahora, pero sí sé que, con todo y cómo somos, no quiero que acabe. No así.

     

    Shikamaru sintió cómo se le aceleraba el corazón; esto era lo que estaba esperando, era su momento para hacerle caer en cuenta qué era lo que había perdido, pero él… Él no podía hacer eso. No era tan cruel. Quería decir que sí; pelear con ella y tenerla entre sus brazos; hacerle el amor en una noche desamparada, pegados el uno contra el otro; y dejar que ella lo obligase a probar cosas nuevas, a pesar de que él protestase cada segundo que lo mangoneasen, sin poder hacer nada al respecto. Por eso, resultó todavía más incomprensible cuando de su boca salió atropelladamente, sin siquiera pensarlo, «lo siento Temari. Como dijiste, lo nuestro se acabó» y giró sobre sus talones. Era una suerte que Temari no podía ver la mirada atónita de Shikamaru al manifestar eso, sin embargo, él sí podía escuchar cómo Temari juntaba y desjuntaba sus manos nerviosamente, y su respiración se transformaba en bufidos de emociones contenidas.

     

    —Entiendo. Creo que es mejor así; no somos exactamente lo mejor el uno para el otro —con todas sus fuerzas, Shikamaru se gritaba por dentro a sí mismo para que abrise la boca y dijese algo, cualquier cosa, pero su cuerpo parecía haberse transformado en piedra—, y tal vez esto fue la gota que colmó el vaso. Fue lindo mientras duró —suspiró, podía ver en su mente cómo viraba los ojos hacia arriba como para pedir paciencia a alguna deidad, y prosiguió con voz triste—. Lo bueno, al menos. Es mi culpa. Que te vaya bien, Shikamaru.

     

    Cuando Shikamaru volteó a mirar, Temari ya se había ido, por lo que giró sobre sus pasos y se encerró en su pequeña oficina llena de papeles, muy taciturno. Maldijo a Temari por no ser más beligerante.

     

    Era como él, así que era razonable dentro de lo posible, y por eso no le riñó lo voceado a Shikamaru y no la buscó más. Porque Temari era un otoño; tal vez no uno plácido como él, sino uno tórrido, con unas ventolinas que dejaban los árboles desnudos a las pocas semanas de haber venido y que, de repente, podía caer con una tempestad furiosa sobre las calles; todo reflejado en su cabello de trigal dorado y sus ojos opacos, de cielos dónde el día comienza a acortarse, de color azul cobalto; pero otoño razonable y templado al fin y al cabo.

     

    También se las arregló para irse antes de que él la atajase, a pesar de que cierto rubio la llamó con un mensaje de vuelta para Gaara. Dolió.

     

     


  • Notas Finales:

    [1] Revistas gravure son revistas que tienen fotos de idols ataviadas tiernamente, sobre todo en vestido de baño y trajes de fetiche como cosplay de sirvienta o algo asi n.n




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